A la mañana siguiente, mientras esperábamos a que bajara el
nivel del agua, recibí una llamada. Era Carla, mi hija mayor.
— ¿Bueno? ¿Papá? —dijo, con voz débil.
—Sí, hija. ¿Qué pasó? —respondí.
— ¡Tienes que regresar de inmediato, papá! ¡Regresa
pero ya!
— ¡Pero acabo de llegar ayer! ¿Qué ocurre?
¿Está todo bien?
— ¡No! —respondió con un grito.
— ¿Qué pasa? ¿Por qué estás llorando?
— ¡Papá, Edgar tuvo un accidente! ¡Tienes
que venir a verlo!
—Pero, ¿qué fue lo que pasó?
— ¡Chocó! ¡Está muy grave! ¡Tienes que venir
a verlo al hospital!
— ¡Sí, hija! ¡De inmediato salgo para allá!
Me espanté y me puse muy nervioso. No sabía qué decirle a mi
tío y a sus hijas. No quise asustarlos, suficiente tenían con todo lo que había
pasado antes. Mentirles fue mi única opción. Les dije que iría a ver qué tan
mal la había pasado la demás gente tras la tormenta. Bajé de la azotea y entré
a la casa por un poco de dinero. Salí y comencé a correr. Seguía lloviznando.
Sentí las gotas en mi rostro hasta que tomé el autobús.
El camino me pareció eterno. No podía dejar de imaginar qué
era lo que exactamente había pasado. Finalmente llegué y vi la realidad: se me
había hecho tarde.
Edgar había salido de fiesta la noche anterior. Como era
costumbre, se había excedido. Manejó en estado de ebriedad. En una curva, se
topó con un tráiler cuyo conductor se había quedado dormido. Al tratar de
esquivarlo, Edgar perdió el control. El auto cayó en un barranco cercano a una
pequeña zona habitada. Mientras Edgar trataba de salir, el vehículo se
incendió. Los que vivían cerca salieron a rescatar a Edgar, pero ya había
sufrido graves quemaduras. Dieron aviso a las autoridades y llevaron a Edgar al
hospital.
El remordimiento me invadía. Fui tan egoísta. Malgasté mi
tiempo con odio y rencor. Desde el momento en que expresó sus preferencias me
aparté de él. Estaba tan ciego. Pero ya no es así.
Yo debía aprender de esa dura lección. No podía cargar esa
pena sobre mi espalda. Era hora de reconciliarme con mi vida, conmigo mismo.
Pedí perdón a mi familia. Les pedí una oportunidad para comenzar todos juntos,
sin rencor ni remordimiento.
Ahora sé que he cambiado mi mente. Sé que no debo huir más
de mi hogar. Sé que al apartarme me siento solo.
Creo que cruzaré al otro lado del lago en busca de mí, de mi
ser.
Corrí y corrí. Y aún sigo corriendo.