domingo, 24 de marzo de 2013

Y aún sigo corriendo


A la mañana siguiente, mientras esperábamos a que bajara el nivel del agua, recibí una llamada. Era Carla, mi hija mayor.

     — ¿Bueno? ¿Papá? —dijo, con voz débil.

     —Sí, hija. ¿Qué pasó? —respondí.

     — ¡Tienes que regresar de inmediato, papá! ¡Regresa pero ya!

     — ¡Pero acabo de llegar ayer! ¿Qué ocurre? ¿Está todo bien?

     — ¡No! —respondió con un grito.

     — ¿Qué pasa? ¿Por qué estás llorando?

     — ¡Papá, Edgar tuvo un accidente! ¡Tienes que venir a verlo!

     —Pero, ¿qué fue lo que pasó?

     — ¡Chocó! ¡Está muy grave! ¡Tienes que venir a verlo al hospital!

     — ¡Sí, hija! ¡De inmediato salgo para allá!

Me espanté y me puse muy nervioso. No sabía qué decirle a mi tío y a sus hijas. No quise asustarlos, suficiente tenían con todo lo que había pasado antes. Mentirles fue mi única opción. Les dije que iría a ver qué tan mal la había pasado la demás gente tras la tormenta. Bajé de la azotea y entré a la casa por un poco de dinero. Salí y comencé a correr. Seguía lloviznando. Sentí las gotas en mi rostro hasta que tomé el autobús.

El camino me pareció eterno. No podía dejar de imaginar qué era lo que exactamente había pasado. Finalmente llegué y vi la realidad: se me había hecho tarde.

Edgar había salido de fiesta la noche anterior. Como era costumbre, se había excedido. Manejó en estado de ebriedad. En una curva, se topó con un tráiler cuyo conductor se había quedado dormido. Al tratar de esquivarlo, Edgar perdió el control. El auto cayó en un barranco cercano a una pequeña zona habitada. Mientras Edgar trataba de salir, el vehículo se incendió. Los que vivían cerca salieron a rescatar a Edgar, pero ya había sufrido graves quemaduras. Dieron aviso a las autoridades y llevaron a Edgar al hospital.

El remordimiento me invadía. Fui tan egoísta. Malgasté mi tiempo con odio y rencor. Desde el momento en que expresó sus preferencias me aparté de él. Estaba tan ciego. Pero ya no es así.

Yo debía aprender de esa dura lección. No podía cargar esa pena sobre mi espalda. Era hora de reconciliarme con mi vida, conmigo mismo. Pedí perdón a mi familia. Les pedí una oportunidad para comenzar todos juntos, sin rencor ni remordimiento.

Ahora sé que he cambiado mi mente. Sé que no debo huir más de mi hogar. Sé que al apartarme me siento solo.

Creo que cruzaré al otro lado del lago en busca de mí, de mi ser.

Corrí y corrí. Y aún sigo corriendo. 

domingo, 17 de marzo de 2013

Una tormenta, un sueño

Aquella noche, tan pronto toqué la almohada, me quedé dormido.
Supongo que el largo viaje y el hecho de que me pasé toda la tarde conversando con mis parientes me dejaron exhausto.

No sé si lo que percibí en el frío aire de aquella noche fue lo que causó esta tensión. Cosas muy extrañas ocurrieron. Tuve un sueño bastante inusual.
Soñé que yo huía de mi hogar. Huía del ruido, pero también del silencio. Huía del tráfico. Corría hacia el bosque. Corría bajo la noche y bajo la lluvia. El agua golpeaba con fuerza sobre mi cabeza. Las gotas escurrían sin cesar sobre mi arrugada piel. El lodo entorpecía mis pies descalzos. Pero yo seguía corriendo. Corrí hacia las colinas. Corrí hasta el cementerio y me detuve. Mientras la lluvia caía cada vez más fuerte, tomé un profundo respiro. De pronto, mientras permanecía estático frente al cementerio, pensé en la muerte y sentí su presencia. Entonces comencé a correr otra vez. Corrí entre las colinas. Corrí hasta el lago. Ahí, el panorama era fantástico. Millones de gotas chocaban contra el agua del lago. El sonido ensordecedor me estremecía, pero dulcemente. Parecía que no había más camino que seguir. Probé la lluvia. Probé mis lágrimas. Probé mis miedos. Y la tierra abrió un nuevo camino ante mis pies. Apareció sobre el lago una radiante silueta femenina que caminó hacia mí, cegándome. No pude ver su rostro. Solo escuché lo que me dijo.
     —Pon tu cabeza en mi hombro. Las cosas ya no pueden empeorar más. La noche se vuelve fría. Nademos en el lago. Deja que el agua limpie tus penas para que puedas comenzar de nuevo. No puedes cargar más esas penas sobre tu espalda. Crucemos al otro lado—me dijo con una melodiosa voz.
Desperté del extraño sueño y escuché relámpagos. Mi tío y sus hijas estaban muy nerviosos. El agua comenzó a entrar a la casa. Tuvimos que subir a la azotea. Ellos nunca habían presenciado una tormenta tan devastadora. Desde arriba vimos cómo la corriente arrasó con todo lo que aquella pobre gente tuvo: ganado, cosechas, el suelo mismo. Todo quedó devastado. Lo único que se mantuvo en pie fue la casita de mis parientes, pero su alegría y sus ánimos también se fueron con la tormenta.
Esa noche fue muy caótica. Vi cómo la vida dio un giro repentino.

domingo, 10 de marzo de 2013

Y me fui a dormir

El camino desde San Agustín hasta el pueblo fue tranquilo. Fueron unos 40 agradables minutos en los que trataba de adivinar qué sería lo que encontraría al llegar. Iba apreciando los grandes campos, que hacían aún más agradable el camino. Estaba muy ansioso por llegar.

Finalmente, bajé del autobús. Ya había llegado al pueblo. Crucé la carretera, y me detuve para ver el largo camino de piedras que debía recorrer hasta llegar a la casa en la que vivió mi abuelo y que ahora habitaban su hermano y sus sobrinas. El sol quemaba fuertemente. El camino era agotador. Me detuve para comprar una bebida y después me senté en una piedra bajo la sombra de un árbol para descansar. Miraba alrededor. Nada parecía haber cambiado. Podía sentir la misma tranquilidad que sentía 16 años atrás, cuando visité por última vez el pueblo. Seguí mi camino y llegué.

Me sentí nervioso cuando llegué a la casa, porque salieron tres perros y comenzaron a ladrar. Creí que me atacarían. De pronto salió Alicia, sobrina de mi abuelo. Ella no me reconocía. Pero, al acercarse, supo que era yo y me invitó a pasar. En la casa estaba su padre y una de sus hermanas. Yo los saludé cortésmente. Ellos estaban sorprendidos por mi presencia. Obviamente, no esperaban que los visitara sin previo aviso.

Ante mi llegada, todos se portaron muy amables. Me ofrecieron comida y yo, sin tener hambre, acepté. Llevamos la mesa afuera de la casa y comenzamos a platicar de un montón de cosas.
Después llegaron Toño y Luisa, mis tíos, con su familia: tres de sus hijos y unos cuantos nietos. Todos los que me conocían, parecían estar muy alegres de verme. Yo lo estaba, al verlos después de tanto tiempo.

Todos preguntaron que por qué había ido solo y les dije que toda mi familia estaba muy ocupada con el trabajo o la escuela, pero que en vacaciones todos juntos visitaríamos el pueblo como antes. Nos pasamos toda la tarde charlando. Fue muy agradable.

Anocheció y todos se fueron. Yo me quedé afuera de la casa, tratando de contemplar las estrellas.

Las noches en ese pueblo son mágicas: el cielo luce repleto de un montón de brillantes estrellas y el brillo de la luna se impone, alumbrando todo lo que encuentra a su paso.

Pero esa noche no era igual. El cielo estaba nublado. Había algo extraño en el aire. Yo podía sentirlo. Y me fui a dormir.

domingo, 3 de marzo de 2013

¡Oh, San Agustín!

Me desperté desde muy temprano. Hacía mucho frío, así que no me bañé. Salí de casa como a eso de las 08:00am y tomé un taxi para llegar rápido a la central de autobuses. El taxista, como es costumbre, hizo una serie de comentarios triviales: el clima, el tráfico, etcétera.
Legué a la central y, como suele pasar en esta ciudad, me atendió una chica muy desagradable; supuse que alguien le hizo pasar un mal momento, pero esa no era una excusa válida para justificar su comportamiento déspota y descortés con los pasajeros: respondía a gritos las preguntas de la gente, su voz sonaba cada vez más altanera, nos miraba a todos con cara de desprecio. Su antipatía me arruinó la mañana. Si no quieren hacer bien su trabajo, ¡entonces que mejor renuncien!
Compré un boleto a San Agustín, la villa más cercana al pueblo. Quise visitar primero San Agustín porque es encantador, casi mágico. Se trata de un lugar lleno de color y tradición, el cuál enamora a los visitantes con sus historias, sabores y artesanías. Ese lugar me traería muy gratos recuerdos de mi infancia con mi abuelo.
Al llegar a San Agustín, noté que todo estaba igual o mejor. Parecía que el tiempo ahí no había pasado.
Lo primero que hice fue ir a uno de esos viejos cafés que siempre vale la pena visitar. Entré y, de inmediato, me invadió una mezcla de deliciosos olores que se encargaron de abrir más y más mi apetito.  En contraste con la tipeja con quien me topé en la central, me atendió una gentil muchacha. Yo moría de hambre, así que ordené un chocolate blanco con vainilla, un panqué de nata, una concha y una tarta de manzana. ¡Todo eso me comí! Ya me hacía falta un desayuno como ese. Estaba harto del malísimo café que yo mismo me preparo cada mañana, o del pan casi siempre duro o rancio que venden en las panaderías cercanas al departamento. En fin, quedé realmente satisfecho.
Después fui al centro de la villa, donde se encuentra una pequeña plaza en la cual hay un sinfín de atracciones: artesanías, músicos, dulces típicos, entre otras cosas. Compré un poco y finalmente tomé el autobús con destino al pueblo de mi abuelo.
Me emocioné mucho al ver que San Agustín seguía siendo tan encantador como antes. Creo que fue bueno visitarlo antes de llegar a mi destino. ¡Oh, San Agustín!

domingo, 24 de febrero de 2013

Solo es cuestión de tiempo

Comencé a recordar con detalle todos los encantos del pueblo en que vivió mi abuelo: lo cálidamente que actúa la gente; lo agradable que es el clima; lo mágicas que son las noches y lo romántico de los atardeceres; las historias que cuentan sus pobladores; lo bellos que son los lugares que forman parte de él y lo fascinado que alguien puede quedar después de visitarlos.
La Peña es uno de los lugares favoritos de la gente que vive en el pueblo, así como de quienes lo visitan. Cuando llegué a La Peña por primera vez, quedé maravillado. Se trata de un encantador destino turístico al que la gente acude a pasar un momento agradable y relajante en convivencia con el medio ambiente. El camino a La Peña es largo y cansado aun en coche, pero vale la pena recorrerlo porque al llegar se encuentra un buen lugar para relajarse. La fauna es muy diversa: serpientes, coyotes, cuervos, etcétera. Hay una hermosa variedad de árboles cuyos nombres desconozco. Los ríos y las cascadas siempre llevan agua cristalina, y escuchar la fuerza con que corren estas aguas es una experiencia que conecta instantáneamente con la naturaleza. Pero lo mejor es subir a la punta de la peña. Es agotador hacerlo, pero al estar allá arriba todo el paisaje luce aún más impresionante. En fin, soy un eterno amante de La Peña.
Después de pensar tanto en aquel pueblito, y más aún en La Peña, me invadieron unas ganas inmensas de visitarlo. Lo haré. Me pregunto qué tanto ha cambiado el lugar o la gente. Espero que no mucho, pero soy consciente de que esa es una gran posibilidad.
Solo espero que al visitar el pueblo pueda alejarme un poco de los problemas que me agobian. Me refiero a la familia que procreé. A mis 54 años he tenido tan solo tres hijos, pero bastan para llenar mi vida de arrepentimiento. Carla, la mayor, tuvo dos hijos: Ángel y Kevin. Juan tuvo tres: Miriam, Ricardo y el pequeño Brandon. Y sé que Édgar, el menor de mis hijos, jamás me hará abuelo, lo cual definitivamente debería agradecerle. Todos son unos malagradecidos. Estoy avergonzado de tener una familia tan irrespetuosa y superficial, a excepción del pequeño Brandon, pero sé que al crecer será exactamente igual que todos los demás miembros de esta nefasta familia. Sin duda alguna Brandon será uno más de ellos. Solo es cuestión de tiempo.

domingo, 17 de febrero de 2013

Pero Ya No Es Así

¿Pensamos en nuestro futuro? ¿Cómo será nuestra vida? ¿Qué tendremos y, más importante aún,  de qué careceremos durante los últimos años de vida? ¿Hacemos algo para procurar tener una vejez digna?
Hace poco, encontré distintos artículos periodísticos que me hicieron pensar en todo esto. Los artículos mostraban la realidad de la vejez en México. Uno de los temas que más me alarmó fue el de los geriatras, gente especializada en el cuidado de los ancianos. Lo que me dejó consternado fue que existen muy pocos geriatras en el país. En Guadalajara, por ejemplo, hay tan solo 30 geriatras para atender a casi 700 mil adultos mayores. Este asunto es alarmante pero a nadie parece importarle, si a alguien le importara se haría algo al respecto para mejorar la situación. Tal parece que carga y estorbo siguen siendo sinónimos de vejez. Es realmente lamentable.
 Me pregunto si todo este asunto siempre ha sido tan insignificante para todos. No creo que hace unos 50 años los adultos mayores fueran vistos como una carga o, peor aún, un gasto como lo es ahora, si consideramos lo que cuesta pagar un geriatra.
Antes, la gente tenía más tiempo. Había menos distracciones. Cuidar de los seres queridos era más una prioridad que una obligación. Ahora, todos se mantienen más ocupados. Hay un millón de cosas en qué gastar el tiempo antes que gastarlo preocupándose en alguien más. Las cosas han cambiado, y ha sido para mal.
La semana pasada, viajando en el metro de ésta inmensa ciudad, escuché a dos jóvenes teniendo una conversación como ésta:
     —Oye, wey, ¿por qué no fuiste el viernes a la fiesta?
     —Es que tuve que cuidar a mi abuela.
     — ¿Y por qué tú, wey?
     —Porque mis papás estaban trabajando, y pues a mis tíos les importa un carajo todo lo que tenga que ver con mi abuela. Pero yo igual estoy harto de cuidarla, como quisiera que ya se la llevaran.
     —Sí, wey. Que lata cargar con ella.
Me dolió tanto oírlos hablar así. De inmediato, imaginé un momento de la vida en el que no se tuviera una imagen de estorbo hacia los adultos mayores. Recordé el pueblo de mi abuelo. Allí la gente solía ser tan amable. Los ancianos eran muy respetados. Los jóvenes y niños disfrutaban pasando tiempo junto  a sus abuelos, escuchando sus historias, satisfaciendo sus necesidades, intentando darles una vejez digna. Pero Ya No Es Así.