Me desperté desde muy temprano. Hacía mucho frío, así que no me bañé. Salí de casa como a eso de las 08:00am y tomé un taxi para llegar rápido a la central de autobuses. El taxista, como es costumbre, hizo una serie de comentarios triviales: el clima, el tráfico, etcétera.
Legué a la central y, como suele pasar en esta ciudad, me atendió una chica muy desagradable; supuse que alguien le hizo pasar un mal momento, pero esa no era una excusa válida para justificar su comportamiento déspota y descortés con los pasajeros: respondía a gritos las preguntas de la gente, su voz sonaba cada vez más altanera, nos miraba a todos con cara de desprecio. Su antipatía me arruinó la mañana. Si no quieren hacer bien su trabajo, ¡entonces que mejor renuncien!
Compré un boleto a San Agustín, la villa más cercana al pueblo. Quise visitar primero San Agustín porque es encantador, casi mágico. Se trata de un lugar lleno de color y tradición, el cuál enamora a los visitantes con sus historias, sabores y artesanías. Ese lugar me traería muy gratos recuerdos de mi infancia con mi abuelo.
Al llegar a San Agustín, noté que todo estaba igual o mejor. Parecía que el tiempo ahí no había pasado.
Lo primero que hice fue ir a uno de esos viejos cafés que siempre vale la pena visitar. Entré y, de inmediato, me invadió una mezcla de deliciosos olores que se encargaron de abrir más y más mi apetito. En contraste con la tipeja con quien me topé en la central, me atendió una gentil muchacha. Yo moría de hambre, así que ordené un chocolate blanco con vainilla, un panqué de nata, una concha y una tarta de manzana. ¡Todo eso me comí! Ya me hacía falta un desayuno como ese. Estaba harto del malísimo café que yo mismo me preparo cada mañana, o del pan casi siempre duro o rancio que venden en las panaderías cercanas al departamento. En fin, quedé realmente satisfecho.
Después fui al centro de la villa, donde se encuentra una pequeña plaza en la cual hay un sinfín de atracciones: artesanías, músicos, dulces típicos, entre otras cosas. Compré un poco y finalmente tomé el autobús con destino al pueblo de mi abuelo.
Me emocioné mucho al ver que San Agustín seguía siendo tan encantador como antes. Creo que fue bueno visitarlo antes de llegar a mi destino. ¡Oh, San Agustín!
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