¿Pensamos en nuestro futuro? ¿Cómo será nuestra vida? ¿Qué tendremos y, más importante aún, de qué careceremos durante los últimos años de vida? ¿Hacemos algo para procurar tener una vejez digna?
Hace poco, encontré distintos artículos periodísticos que me hicieron pensar en todo esto. Los artículos mostraban la realidad de la vejez en México. Uno de los temas que más me alarmó fue el de los geriatras, gente especializada en el cuidado de los ancianos. Lo que me dejó consternado fue que existen muy pocos geriatras en el país. En Guadalajara, por ejemplo, hay tan solo 30 geriatras para atender a casi 700 mil adultos mayores. Este asunto es alarmante pero a nadie parece importarle, si a alguien le importara se haría algo al respecto para mejorar la situación. Tal parece que carga y estorbo siguen siendo sinónimos de vejez. Es realmente lamentable.
Me pregunto si todo este asunto siempre ha sido tan insignificante para todos. No creo que hace unos 50 años los adultos mayores fueran vistos como una carga o, peor aún, un gasto como lo es ahora, si consideramos lo que cuesta pagar un geriatra.
Antes, la gente tenía más tiempo. Había menos distracciones. Cuidar de los seres queridos era más una prioridad que una obligación. Ahora, todos se mantienen más ocupados. Hay un millón de cosas en qué gastar el tiempo antes que gastarlo preocupándose en alguien más. Las cosas han cambiado, y ha sido para mal.
La semana pasada, viajando en el metro de ésta inmensa ciudad, escuché a dos jóvenes teniendo una conversación como ésta:
—Oye, wey, ¿por qué no fuiste el viernes a la fiesta?
—Es que tuve que cuidar a mi abuela.
— ¿Y por qué tú, wey?
—Porque mis papás estaban trabajando, y pues a mis tíos les importa un carajo todo lo que tenga que ver con mi abuela. Pero yo igual estoy harto de cuidarla, como quisiera que ya se la llevaran.
—Sí, wey. Que lata cargar con ella.
Me dolió tanto oírlos hablar así. De inmediato, imaginé un momento de la vida en el que no se tuviera una imagen de estorbo hacia los adultos mayores. Recordé el pueblo de mi abuelo. Allí la gente solía ser tan amable. Los ancianos eran muy respetados. Los jóvenes y niños disfrutaban pasando tiempo junto a sus abuelos, escuchando sus historias, satisfaciendo sus necesidades, intentando darles una vejez digna. Pero Ya No Es Así.
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