domingo, 24 de febrero de 2013

Solo es cuestión de tiempo

Comencé a recordar con detalle todos los encantos del pueblo en que vivió mi abuelo: lo cálidamente que actúa la gente; lo agradable que es el clima; lo mágicas que son las noches y lo romántico de los atardeceres; las historias que cuentan sus pobladores; lo bellos que son los lugares que forman parte de él y lo fascinado que alguien puede quedar después de visitarlos.
La Peña es uno de los lugares favoritos de la gente que vive en el pueblo, así como de quienes lo visitan. Cuando llegué a La Peña por primera vez, quedé maravillado. Se trata de un encantador destino turístico al que la gente acude a pasar un momento agradable y relajante en convivencia con el medio ambiente. El camino a La Peña es largo y cansado aun en coche, pero vale la pena recorrerlo porque al llegar se encuentra un buen lugar para relajarse. La fauna es muy diversa: serpientes, coyotes, cuervos, etcétera. Hay una hermosa variedad de árboles cuyos nombres desconozco. Los ríos y las cascadas siempre llevan agua cristalina, y escuchar la fuerza con que corren estas aguas es una experiencia que conecta instantáneamente con la naturaleza. Pero lo mejor es subir a la punta de la peña. Es agotador hacerlo, pero al estar allá arriba todo el paisaje luce aún más impresionante. En fin, soy un eterno amante de La Peña.
Después de pensar tanto en aquel pueblito, y más aún en La Peña, me invadieron unas ganas inmensas de visitarlo. Lo haré. Me pregunto qué tanto ha cambiado el lugar o la gente. Espero que no mucho, pero soy consciente de que esa es una gran posibilidad.
Solo espero que al visitar el pueblo pueda alejarme un poco de los problemas que me agobian. Me refiero a la familia que procreé. A mis 54 años he tenido tan solo tres hijos, pero bastan para llenar mi vida de arrepentimiento. Carla, la mayor, tuvo dos hijos: Ángel y Kevin. Juan tuvo tres: Miriam, Ricardo y el pequeño Brandon. Y sé que Édgar, el menor de mis hijos, jamás me hará abuelo, lo cual definitivamente debería agradecerle. Todos son unos malagradecidos. Estoy avergonzado de tener una familia tan irrespetuosa y superficial, a excepción del pequeño Brandon, pero sé que al crecer será exactamente igual que todos los demás miembros de esta nefasta familia. Sin duda alguna Brandon será uno más de ellos. Solo es cuestión de tiempo.

domingo, 17 de febrero de 2013

Pero Ya No Es Así

¿Pensamos en nuestro futuro? ¿Cómo será nuestra vida? ¿Qué tendremos y, más importante aún,  de qué careceremos durante los últimos años de vida? ¿Hacemos algo para procurar tener una vejez digna?
Hace poco, encontré distintos artículos periodísticos que me hicieron pensar en todo esto. Los artículos mostraban la realidad de la vejez en México. Uno de los temas que más me alarmó fue el de los geriatras, gente especializada en el cuidado de los ancianos. Lo que me dejó consternado fue que existen muy pocos geriatras en el país. En Guadalajara, por ejemplo, hay tan solo 30 geriatras para atender a casi 700 mil adultos mayores. Este asunto es alarmante pero a nadie parece importarle, si a alguien le importara se haría algo al respecto para mejorar la situación. Tal parece que carga y estorbo siguen siendo sinónimos de vejez. Es realmente lamentable.
 Me pregunto si todo este asunto siempre ha sido tan insignificante para todos. No creo que hace unos 50 años los adultos mayores fueran vistos como una carga o, peor aún, un gasto como lo es ahora, si consideramos lo que cuesta pagar un geriatra.
Antes, la gente tenía más tiempo. Había menos distracciones. Cuidar de los seres queridos era más una prioridad que una obligación. Ahora, todos se mantienen más ocupados. Hay un millón de cosas en qué gastar el tiempo antes que gastarlo preocupándose en alguien más. Las cosas han cambiado, y ha sido para mal.
La semana pasada, viajando en el metro de ésta inmensa ciudad, escuché a dos jóvenes teniendo una conversación como ésta:
     —Oye, wey, ¿por qué no fuiste el viernes a la fiesta?
     —Es que tuve que cuidar a mi abuela.
     — ¿Y por qué tú, wey?
     —Porque mis papás estaban trabajando, y pues a mis tíos les importa un carajo todo lo que tenga que ver con mi abuela. Pero yo igual estoy harto de cuidarla, como quisiera que ya se la llevaran.
     —Sí, wey. Que lata cargar con ella.
Me dolió tanto oírlos hablar así. De inmediato, imaginé un momento de la vida en el que no se tuviera una imagen de estorbo hacia los adultos mayores. Recordé el pueblo de mi abuelo. Allí la gente solía ser tan amable. Los ancianos eran muy respetados. Los jóvenes y niños disfrutaban pasando tiempo junto  a sus abuelos, escuchando sus historias, satisfaciendo sus necesidades, intentando darles una vejez digna. Pero Ya No Es Así.